Me estaba acordando de mis abuelos. Ya no sé recordar a uno sin hacer lo mismo con el otro y, sin embargo, ellos apenas se conocían. Los dos parecían hombres de pueblo, sin más interés que cualquiera de esas personas venidas a menos que se reúnen en un bar lleno de humo para jugar a las cartas o al dominó, enfadarse como níños y hablar todos los días sobre los mismo temas y las mismas anécdotas que, no obstante, cada día cambian de escenario, tiempo e incluso protagonistas. Pero creo que llegué a tiempo. A tiempo para mí, claro. A tiempo para darme cuenta de que no había nada más lejos de la realidad.
Poco antes de que marcharan (y ya era hora, porque merecían ese descanso), empecé a comprender. Hoy en día estamos acostumbrados a construir la casa por el tejado. Y lo siento, pero en esto no estoy de acuerdo con Fito; la casa se construye empezando por los cimientos y si no, no tardará en desmoronarse. Primero hay que vivir, convivir, compartir, sobrevivir, sufrir, ver sufrir… y luego ya podremos sentarnos a una mesa a caer en la rutina, para luego descansar merecidamente.
Creemos que por salir tres días de tres en un fin de semana estamos viviendo más que quien no lo hace, que quien prefiere quedarse en casa y charlar con sus compañeros de piso. Creemos que quien prefiere viajar por España en vez de hacerlo por el extranjero es un tío raro. Creemos que todos esos abuelos sólo están esperando el día de su descanso como bien pueden. Estamos muy quivocados y lo peor es que non nos damos cuenta de ello. Están muriendo poco a poco algunas de las personas que más nos podían enseñar y no nos damos cuenta. el mundo ha cambiado mucho, y afortunadamente pensamos que ha sido para bien; pero ¿sabéis que os digo? Aquí me aburro. Porque todos los días veo lo mismo, escucho lo mismo, siento lo mismo… Y muchas veces son cosas vacías. Me aburro de ser lo mismo que el resto y de que todos estemos orgullosos de ser lo mismo que el resto.
Es cierto, dudo que mis abuelos reflexionaran sobre esto. Quizá para ellos todo era mucho más simple. Pero os aseguro que ellos no eran mucho más simples. Sabían lo que era importante y lo sabían porque habían vivido. Estoy seguro de que se les hubiera preguntado, habrían despreciado las modas, los estereotipos y las simplificaciones. También las generalizaciones.
Pero puede ser que ellos también estuvieran aburridos… Aburridos de luchar contra estas cosas y ver como la sociedad y sus nietos les imponíamos sin preguntar un papel que ellos no quieren desempeñar. Y ya no tienen fuerzas para discutir… Pero un día te aprietan la mano y te dicen con una voz enérgica que sólo los que le conocen desde hace mucho reconocen “Te equivocas chico, la vida era muy dura”. Y entonces es cuando te das cuenta y te alegras de haber llegado a tiempo.
Espero que mi padre apriete la mano de mis hijos.
Deseo apretar algún día las manos de mis nietos.
Y que todos lleguen a tiempo.